LA ESQUINA DEL MARTES DEL RECUERDO
Neto Rivas
Concluyo la transcripción de la entrevista con el Dr. Fabio Castillo Figueroa
El Comité secreto de lucha contra el dictador Luego que concluyó la Semana
Santa del 44 los del grupo estudiantil nos reunimos en La Rotonda, éramos unos
cuarenta o cincuenta, y tomamos importantes acuerdos: el primero que los
estudiantes declarábamos una huelga indefinida, y el segundo, nombrar lo que se
llamó el “Comité Secreto” que era un grupo de estudiantes encargados de nombrar
a otro grupo conservando el secreto de sus nombres y luego desaparecer.
Formamos parte del designado Comité Secreto los estudiantes Jorge Bustamante
(Medicina), Reynaldo Galindo Pohl (derecho) y este servidor. Fuimos designados
como los responsables de dirigir la lucha contra la dictadura, y no teníamos la
menor idea de que hacer. Empezaron los fusilamientos y no sabíamos que hacer.
La primera medida que tomamos fue nombrarme para ir a buscar al Dr. Arturo
Romero, que ya estaba capturado y se encontraba en el Hospital de San Miguel,
gravemente herido, con un machetazo en plena cara. Ya antes había trabajado con
el Dr. Romero, el nos hizo participes de sus planes.
Con una gabacha de médico viajo en tren desde San Salvador hacia San Miguel. En
el tren me fui pensando en lo que iba a hacer. Y logre entender una verdad:
reconocer que la actitud contra el dictador era uniforme en todo el país. Me
preguntaba: ¿cómo podíamos usar esta unidad nacional?
Llegó al Hospital de San Miguel, solo, con gabacha de médico, no tuve dificultades
para encontrarlo y le habló en francés. (Mi familia, mi papá y mi mamá viajó a
Francia para salvar a mi hermana que tuvo un accidente con la corriente
eléctrica y esto me permitió aprender francés). Pudimos conversar en francés.
El había estudiado en Francia. Le explique la idea que teníamos para
rescatarlo. Romero aceptó.
Estaba enjuiciado y condenado a muerte. Aceptó el plan, no tenía otra
alternativa. De haber realizado este plan no solo él hubiera muerto fusilado
sino todos nosotros, ya que el plan consistía en doblegar a los 3 o 4 guardias
que lo cuidaban y escapar. Seguí meditando. El plan era absurdo. Regrese a San
Salvador a informar al Comité Secreto que Romero había aceptado. De haber
realizado este rescate de seguro no estaría contándole esta historia.
En realidad no sabíamos que hacer. Sabíamos que todo el país estaba en contra
del dictador, había unidad nacional. Pro ¿cómo usarla? Seguimos hablando,
meditando. ¿Qué podíamos hacer? Un día, mientras discutíamos, reflexionando en
cómo utilizar la unidad de todo el país contra el dictador, propongo la
organización de paralizar el país, todo el país paralizado. Reflexionando
llegue a la conclusión siguiente: paralizar el país mediante una huelga de toda
la población. Al proponerlo, Reynaldo me dice: ¡estás loco, Fabio! Ese hombre
nos mata a todos. Le respondo: ¡no va a poder matarnos porque no nos va a
encontrar! No andamos haciendo nada. Aceptaron la idea. Y se acordó la
organización nacional de la huelga.
Ya antes habíamos visitado al Sr. Palacios de la Imprenta Palacios. Cuando
llegamos el despidió a todos sus empleados y nos aseguró que él podía imprimir
lo que quisiéramos con tal le pagáramos. Aceptamos y empezamos a publicar. No
cobraba ni mucho para el riesgo que corría.
En ese momento, el Comité Secreto tenía fondos. Empezó a correr el dinero de la
oligarquía contra el dictador. Orlando de Sola, el médico, el papá del actual,
me buscó. Y me entregaba dinero y en la primera entrega le di un recibo y me lo
devolvió diciéndome: no, nada de recibos y ni se le ocurra mencionar mi nombre.
Eran cantidades grandes de dinero, billetes de 100 colones de aquel tiempo.
El Comité Secreto tuvo fondos. Hicimos propaganda, lanzamos hojas sueltas. El
“Comité Secreto” las firmaba. La gente era muy cuidadosa, imprimíamos 40 0 50
ejemplares y en cuanto empezaban a salir las secretarias en los bancos y
oficinas reproducían las hojas sueltas y las órdenes eran atendidas
inmediatamente.
Había un apoyo popular generalizado. No teníamos idea de que hacer y surgían
los caminos. Nos reuníamos en una casa de dos plantas propiedad de la familia
Wright, de Doña teresa Wright, esposa del viejo Juan Wright, dueño de la
hacienda La Carrera y desde allí nos movilizábamos con toda tranquilidad.
Al tercer o cuarto día de huelga estábamos preocupados porque habíamos logrado
paralizar los ferrocarriles. Les adelantábamos semanas de salarios y a los
fogoneros, les pagábamos para que subsistieran escondidos. Consideremos que no
existían sindicatos. Les pagábamos un mes por adelantado.
Al cuarto o quinto día de huelga, el policía que custodiaba la casa del
ministro Morales, que quedaba a la vuelta de la de la familia Wright, donde
sesionábamos, por accidente mata a Chepe Wright, de 14 años, hijo de Juan
Wright y Teresa Alcaine de Wright. La noticia se divulga y con la muerte de
Chepe Wright la huelga toma más fuerza. La muerte del muchacho fue por
imprudencia, un accidente, él era muy apreciado, todos lo querían. Y dio base
para convocar para asistir al sepelio y llegan cantidades enormes de gente, se
convoca después del entierro a una misa y ya la gente no iba a dormir a sus
casas sin que nos quedábamos en los alrededores intercambiando noticias,
esperando el desarrollo d acontecimientos. El problema nuestro era: ¿y después
de esto que hacemos?
El país estaba paralizado, a los ferrocarrileros, a los buseros les pagábamos.
¿Qué vamos a hacer? La idea de la huelga había sido producto de mis
reflexiones, pero no teníamos una formación política seria. Pero de repente el
gobierno empezó a sentir que se lograba mantener el país paralizado. El 9 de
mayo estábamos Reynaldo Galindo Pohl, Jorge Bustamante y yo en la esquina entre
el Palacio Nacional y la Catedral cuando escuchamos que a las 9 de la noche el
presidente iba a dirigirse a la nación.
A las 9 lo escuchamos que dice: “he cumplido con lo que me comprometí a hacer
por este país. Ante la actual situación no puedo hacer otra cosa que renunciar.
La historia me juzgará, pero yo no creo en la historia porque la escriben los
hombres.”Debió decir la hacen los hombres pienso.
¡Hemos triunfado! ¡Hemos derrocado al dictador Hernández Martínez! Gritamos
llenos de alegría. ¡Tontos, allí empezó nuestro error! Tomamos una decisión
política equivocada al decidir: ahora les corresponde a los adultos mayores
organizar a sucesión presidencial. Fue un gravísimo error y nosotros fuimos
culpables de no darle continuidad al esfuerzo de lucha popular que tanto nos
había costado.
Y al final no solucionamos nada, la situación continúo lo mismo. Los adultos
mayores eran ignorantes. No tuvimos la capacidad de reflexionar sobre la
pregunta: ¿quién derrocó al dictador? El pueblo, el pueblo, los sectores
populares. Los adultos mayores consultaron a los jurisconsultos honestamente,
como al Dr. Emeterio Oscar Salazar. Pero entregamos una victoria popular
ingenuamente. Y ese error que cometimos le ha costado al pueblo salvadoreño
mucha sangre. Le ha costado al país muchos sacrificios.
Nuestra inexperiencia nos llevó a regresar a las aulas sin haber cumplido la
tarea en su totalidad, dijimos: regresamos a nuestras aulas para continuar
nuestros estudios...y en el país se fue el tirano pero nada cambió. Muy pronto
vino el golpe militar para recuperar el poder.
Años más tarde me encontré con un periodista al que no conocía. Él entrevistó
al dictador Martínez un día después que salió al exilio a Guatemala. Y me
cuenta que le dijo: General, ¿cómo es posible que usted hace treinta días logró
derrotar a un fuerte movimiento insurreccional armado y 30 días después lo ha
derrotado un movimiento popular organizado por estudiantes sin armas? Y
Martínez respondió: “me derrotaron porque no tenía contra quien disparar”...
La idea de una huelga pacífica, desarmada, masiva fue muy adecuada. Estuvimos
aplicando un concepto político muy importante. Sin conocer la experiencia de
Gandhi, de Nehru. Me preocupa que se repitan los errores....
Me preocupa mucho que se repitan estos mismos errores y sus trágicas
consecuencias con relación a los Acuerdos de Paz. Considero que con los Acuerdos
de Paz de 1992 se repitan los mismos errores que en el 1944 y no se garantizan
los cambios verdaderos. Debemos de saber con claridad que vamos a exigir para
que se establezca la paz.
A mí Ernesto Oyarbide, del PAR me invitó para asistir al acto en México de la
firma de los Acuerdos de Paz. Cuando llegué encuentro que todos estaban muy
felices, muy contentos, muy entusiasmados. Al final de la reunión me dan un
ejemplar de los Acuerdos de Paz y empiezo a leer y descubro que a nadie se le
ocurrió el tema de la educación en el documento, no se menciona, no aparece. Y
la educación es la clave del desarrollo.
Y cuando leo el documento en su conjunto observo que hay otros elementos
básicos que no se encuentran. Hago el señalamiento y se burlan.
No comprenden la necesidad de incluir elementos de naturaleza social tan
importantes como la educación, la vivienda, el empleo y la salud.
Se repiten los errores...